El turismo es hoy un fenómeno global dual; capaz de generar enormes beneficios económicos y sociales —contribuyendo al 10% del PIB mundial—, pero también de imprimir graves externalidades por ser un gran depredador de recursos que acaba homogeneizando paisajes; poniendo en jaque la diversidad y autenticidad cultural y, en última instancia, compromete la resiliencia de sociedades y ecosistemas, en muchos países receptores ya muy frágiles.
Frente a este escenario, el turismo sostenible tiene la intención de vencer la dicotomía de bienestar humano y degradación ambiental, gracias a un alineamiento real con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Este nuevo enfoque, dotado de un sólido componente ambiental, social y ético, busca un equilibrio entre las necesidades de visitantes y anfitriones desde la base del respeto absoluto a los valores, la idiosincrasia y al patrimonio natural y cultural autóctonos.

Ser sostenible se ha convertido en un atractivo a la hora de escoger destino y por ello muchos países —incluso aquellos que ya combinaban diferentes intereses turísticos, como el cultural, deportivo, religioso o gastronómico— están apostando por reorientar su estrategia hacia un turismo más responsable.



