En el desarrollo de los proyectos arquitectónicos de vivienda colectiva se incorporan procesos participativos donde los futuros habitantes definen cuales son sus necesidades, como desean vivir y que servicios y dependencias requerirán a corto y largo plazo. Son edificios que se componen de distintas viviendas totalmente equipadas, que reducen su superficie entre un 5-10%, pero al tiempo se enriquecen con espacios comunitarios diversos. Desde gran sala, comedor y cocina para reuniones en grupo, a lavandería, zona de juegos infantil, biblioteca, habitaciones de invitados, terrazas, patios, jardines, y espacios de trabajo o para la expresión artística. Esta fórmula, conocida también como cohousing, se fundamenta en un equilibrio entre el fortalecimiento de las relaciones como comunidad y preservar la intimidad y la esfera de lo privado.
La modalidad de cohabitación o coliving es algo distinta y se basa en la tipología de vivienda en clúster, donde varias unidades habitacionales (entre 4 a 6) de unos 30 m2, con dormitorio y sala de estar, comparten una amplia cocina dentro de una unidad de convivencia. Estas unidades pueden replicarse en un mismo edificio, que incluye otros espacios mayores compartidos para el conjunto de la comunidad, lo que fomenta distintos grados de relación y de intimidad.
Gran parte de la vivienda colectiva se materializa a través de la fórmula de vivienda cooperativa. La propia comunidad de vecinos ejerce de promotora del inmueble, lo que representa un ahorro de un 30% del coste total, favoreciendo la vivienda accesible. Con diversos modelos de financiación, puede ser vivienda en propiedad o en cesión de uso. La sostenibilidad y eficiencia energética, con consumo casi nulo (NZEB), es primordial en estos proyectos para evitar riesgos de pobreza energética.
