Desde los orígenes de la arquitectura, la luz, tanto natural como artificial, ha jugado un papel fundamental a la hora de crear ambientes saludables y beneficiosos para la salud. Los templos del sol egipcios son un claro ejemplo de cómo, ya desde la antigüedad, se buscaba la relación entre las personas y el sol para potenciar el bienestar y el equilibrio espiritual.
En otras culturas, como la romana, con sus característicos óculos, o la cristiana, con sus coloridas vidrieras, la luz ha estado siempre vinculada a un profundo sentimiento de divinidad, que se ha dejado de lado según la arquitectura contemporánea se ha ido desvinculando de su versión más simbólica, pero que siempre ha permanecido presente en las construcciones religiosas. Por todo ello, no es casualidad que, al entrar en cualquier templo, nos invada una fuerte sensación de calma, que demuestra cómo la luz va mucho más allá de su función de iluminar y se convierte en una potente herramienta para la salud.



